La Asunción de la Virgen María es la creencia, de acuerdo a
la tradición y teología de la Iglesia ortodoxa y de la Iglesia católica,
de que el cuerpo y alma de la Virgen María fueron llevados al cielo
después de terminar sus días en la tierra.
IMAGEN DE NTRA SRA DE LA ASUNCIÓN "ANTIGUA"
Este traslado es llamado Assumptio Beatæ Mariæ
Virginis (Asunción de la Bienaventurada Virgen María) por los católicos
romanos, cuya doctrina fue definida como dogma (verdad de la que no puede dudarse).
IMAGEN DE NTRA SRA DE LA ASUNCIÓN "ACTUAL"
Este Dogma fue proclamado por el Papa Pío XII, el 1º de noviembre de
1950, en la Constitución Munificentisimus Deus: “Pronunciamos,
declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada
Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida
terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo".
Esta creencia ya se venía aceptando desde el S. VI, muy
relacionada con la fiesta de la Dormición celebrada desde muy antiguo en
las iglesias orientales. Desde el S. VI se celebraba una fiesta en
Jerusalén que pasa a Occidente con el nombre de la Dormición de Santa
María.
En Valencia, la devoción asuncionista se inició desde el mismo momento
de la reconquista. El rey Jaime I "dedicó al misterio de la Asunción la
propia catedral de Valencia y las demás iglesias que erigía en las
tierras que iba conquistando", mientras que la gran devoción a la Virgen
"Assumpta" en Valencia hizo que fuera representada "masivamente por el
arte local", y hay constancia que se celebraba la fiesta con procesión
desde 1372; el Papa Calixto III, en 1457 declaró oficial la fiesta de la
Asunción para el 15 de agosto, y por ello es reconocida esta fiesta
popularmente como “la Virgen de agosto”.
También aquí en Castalla, desde esas mismas fechas en las que se
reproduce la reconquista cristiana de estas tierras por el rey Jaume I
de Aragón se funda el patronato de la virgen de la Asunción, por ello en
el 1245 se consagra la actual ermita de la Sangre a la advocación de la
Asunción de Nuestra Señora como parroquia de las poblaciones de Tibi,
Ibi, Onil y Castalla, no habiendo documentación si al tiempo fue
proclamada patrona de la villa.
En el año 1473 es cambiado el patronato de la Virgen de la Asunción (15
de agosto) al de la Virgen de la Natividad (8 de septiembre), por una
cuestión que es difícil de creer pero que está documentada: En ese año
el cardenal de Roma Rodrigo de Borja estuvo de visita en Xativa, ciudad a
la que pertenecía la familia. Este cardenal prestó un grupo de músicos
(ministriles) para que actuasen en las celebraciones religiosas de las
fiestas de agosto a la Asunción, y ante la imposibilidad de que llegasen
a tiempo se decidió por parte del consejo de la villa permutar el
patronato por el de la Natividad de Nuestra Señora, realizándose a
partir de ese año las fiestas patronales en su honor.
La dedicación de la antigua parroquia
fue sustituida también, y el retablo principal de la ermita que se
retiró para la construcción del camerino de la Virgen de la Soledad,
cosa por otra parte curiosa pues esta Iglesia hacia casi 200 años que
estaba ya dedicada a la Preciosísima Sangre de Cristo.
Estas fiestas a la Natividad siguieron celebrándose
hasta el año 1653, a partir de este hay documentación en que la villa
vuelve a recuperar las fiestas de la Asunción como titular de la
parroquia.
No tengo constancia desde cuando aquí se realiza la procesión, lo que si
la hay es que en la década de los 60 se dejó de realizar, volviendo a
celebrarse a finales de los 80, pero conjuntamente con San Roque, cuya
procesión se realizaba el día siguiente 16 que es su festividad, siendo
los toques para esta fiesta los siguientes:
14 de Agosto (Víspera)
13.01 h. Ángelus parroquia, convento y ermita. 13.02 h. Volteo general parroquia y convento.
19.30 h. primer toque a misa en la parroquia. 19.45 h. segundo" " " con volteo mediana (Asunción)
20.00 h. tercer " " "
21.01 h. Ángelus parroquia, convento y ermita.
21.02 h. Volteo general parroquia y convento.
15 de Agosto “Nuestra Señora de la Asunción”
07.30 h. Toque del alba
07.31 h. 1º Toque a Misa en posterior parroquia.
07.45. 2º Toque a Misa en posterior.
08.00. 3º Toque a Misa en posterior.
08.00. h. Volteo general corto parroquia y ermita.
10.01h. 1º Toque a Misa parroquia. 10.15 h. 2º Toque a Misa. " 10.16 h. Volteo mediana y segunda. " 10.31 h. 3º Toque a Misa. "
PROCESION
Desde
las 11.30 h. hasta el final de la misma volteos procesionales con
volteo general solemne a la entrada y salida de las imágenes.
13.01 h. Ángelus parroquia, convento y ermita. 13.02 h. Volteo general solemne parroquia y convento y ermita.
21.01 h. Toque del Ave María parroquia, convento y ermita. 21.02 h. Volteo menor parroquia y convento (víspera de San Roque)
Al igual que en el resto del orbe, en lo alto de los campanarios de Castalla, donde el viento acaricia la montaña y el sonido del bronce se convierte en oración, vive una vocación discreta pero poderosa: la de los campaneros. Hombres y mujeres que, desde lo alto de nuestro templo parroquial, del convento y de la ermita, habitan un espacio sagrado entre el cielo y la tierra. No siempre los vemos, pero siempre los oímos. Su presencia no se manifiesta con palabras, sino con sonidos que atraviesan los siglos y tocan el alma castallense.
Su arte no se aprende solo con las manos, sino con el alma. No se mide únicamente en partituras, sino en momentos llenos de significado. Porque tocar las campanas de Castalla no es solo hacerlas sonar: es hacer hablar al cielo sobre la Foia, es convertir el bronce en oración, en memoria viva, en esperanza que se alza con cada toque, volteo o repique. Es una liturgia del tiempo que marca el pulso del pueblo, que despierta la memoria antigua de una comunidad que ama, cree y espera.
Con su entrega altruista, los campaneros y campaneras son mucho más que servidores de la iglesia y del pueblo: son mensajeros de lo sagrado, guardianes de la tradición, centinelas del alma del pueblo. Con cada volteo y cada toque anuncian vida y muerte, fiesta y duelo, alegría y oración. Con cada campanada convocan a Castalla a mirar hacia arriba, a escuchar la llamada interior que resuena entre las piedras del campanario, las del castillo y los valles que nos rodean en toda la Foia.
Pero su labor va más allá de lo religioso. Los campaneros también mantienen viva una función civil, heredada de un tiempo en que la campana era también voz de alerta colectiva. Avisan de incendios, de tormentas, de peligros inminentes, de catástrofes. Hacen sonar el bronce como grito de unión, como señal de comunidad viva en peligro, como chispa de esperanza cuando todo tambalea. Con la misma entrega con que llaman a actos religiosos, alertan también en nombre del bien común, manteniendo viva una tradición arraigada en el servicio, en la fidelidad al pueblo, a la tierra y a la gente de Castalla.
No todo el mundo puede ocupar su lugar. Hace falta entrega, humildad, paciencia y, sobre todo, una fe sencilla pero profunda, como la que habita en nuestras casas y calles de Castalla. Porque quien toca las campanas desde la fe no busca protagonismo, sino comunión y servicio. Sabe que en el sonido antiguo y firme del bronce se filtran las oraciones del pueblo: oraciones que no siempre se dicen con palabras, pero que brotan de los corazones que viven, que ríen, que lloran, que esperan, que aman, que celebran.
El campanero es al mismo tiempo poeta y obrero de lo sagrado, músico y pastor de silencios y sonidos. Domina el arte de interpretar el tiempo y transformarlo en señal. Conoce los toques, los ritmos, los mensajes que no necesitan voz y que hablan directamente al alma. Es fiel al ritual, pero vive con libertad; está solo en el campanario, pero resuena en todos nosotros.
Y así, desde lo más alto de nuestros campanarios, suena una música que es y no es de este mundo. Una música que atraviesa las nubes y desciende hasta los rincones más escondidos del pueblo, desde las montañas hasta los llanos, desde la plaza Mayor hasta el castillo. Una música que no busca escenarios, sino corazones. Los campaneros y campaneras se convierten en poetas del tiempo de Dios, humildes artesanos de un lenguaje antiguo, que como desde hace muchos siglos, aún hoy nos congrega, nos emociona, nos recuerda quiénes somos y hacia dónde caminamos.
-– Que nunca falten las campanas que nos llamen y nos reúnan como pueblo, aquí, en Castalla.
-– Que nunca falten los corazones que, como los de nuestros campaneros y campaneras, toquen con fe para hacer hablar al cielo y unirse a la tierra de toda la Foia.
-– Que nunca nos falten quienes, más allá de divisiones, rencores y diferencias, con mirada limpia y manos abiertas, trabajen por el reencuentro sincero del pueblo. Hombres y mujeres que, sin buscar protagonismo ni reconocimientos, cultiven la paz, el diálogo y la esperanza. Que abracen la diversidad como una riqueza y no como una barrera.
-– Que nunca nos falten los que sueñan una Castalla unida, donde cada paso sea un gesto de cariño, donde cada voz encuentre espacio para ser escuchada, y donde las diferencias hallen en la fraternidad un camino para convivir.
--- Que
nunca nos falten nuevas generaciones, que con ilusión y entusiasmo, mantengan y trasladen a sus sucesores el maravilloso legado recibido de
generaciones y generaciones de antepasados nuestros: en la ermita
(antigua parroquia) desde el siglo XIII, en el temlpo parroquial y
convento viejo desde el XVI y en el convento nuevo desde el XVIII
---Porque así como los campaneros hacen hablar al cielo desde el corazón del bronce, que también haya quienes hagan hablar a la tierra desde el corazón del pueblo de castallense.
-– Que cada repique, cada volteo, cada toque sirva para que Castalla, en comunión y en paz, como vecinos y hermanos, nunca deje de caminar unida hacia Dios, Padre de todos, que nos espera con los brazos abiertos; al igual que en el resto del orbe.